
¿Por qué decimos que una película es de culto? ¿Adquiere una película dicha categoría tras su estreno o, por el contrario, deben pasar años o, incluso décadas, para lograrlo? ¿Quién decide qué película se considera como tal?
Estas son algunas de las cuestiones que podemos plantearnos cuando hablamos de películas de culto. En primer lugar, deberíamos analizar qué es una película de culto al uso. Según el crítico Ronald Bergan, “Una película de culto es cualquier filme que, por razones no relacionadas a su calidad artística intrínseca, ha atraído devoción obsesiva de un grupo de fans”. Es decir, bajo este criterio, podríamos pensar que una película que se clasifique como tal no tiene por qué ser necesariamente la más taquillera de su año, ni contar con un reparto excepcional que represente lo mejor de la industria de Hollywood; ni siquiera, es necesario que la crítica le otorgue un valor especial. Basta con que los espectadores, de forma mayoritaria, vean en la historia o en la forma de contarla un elemento que la diferencie de las demás.
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Con esta frase, no es de extrañar por qué El club de la lucha (David Fincher, 1999) sufrió un vertiginoso batacazo en cines durante su estreno.
Atendiendo a lo que habíamos dicho antes, una película de culto perfectamente podría ser una cinta que fracasó estrepitosamente en taquilla pero que después, al cabo de unos años, fue redescubierta y elevada a esta categoría. Es lo que nos dice, precisamente, Bergan, y es que, según el crítico británico, la mayoría de películas que hoy se consideran de culto fueron en su día auténticos fracasos comerciales.
El caso más destacado (aunque no el más descarado), probablemente, es el de Cadena Perpetua (Frank Darabont, 1994), que pasó por los cines estadounidenses sin pena ni gloria. Bajo un presupuesto inicial de 25 millones de dólares, la cinta protagonizada por Morgan Freeman y Tim Robbins tan sólo obtuvo una escueta recaudación de 16 millones. Sin embargo, tras ser nominada a 7 Óscar en la 67.ª Edición de los Premios en 1995 (sorprendentemente, ni siquiera la magistral actuación de Morgan Freeman consiguió que se llevase ningún galardón), y después de una masiva distribución en videoclubs y canales de televisión por cable que la emitían constantemente, el filme alcanzó los 58 millones en el reestreno posterior. Se convirtió, de hecho, en el formato VHS más vendido en 1995.

Tim Robbins y Morgan Freeman en una escena de Cadena Perpetua / Fuente: Fotogramas ES
Para Bergan, las películas de culto normalmente suelen pertenecer a los géneros del terror o de la ciencia ficción (considerados habitualmente de clase B); esto se debe, quizá, a que es en estos nichos donde los directores encuentran un abanico más amplio de posibilidades creativas que, en muchas ocasiones, el público no termina de apreciar o, directamente, ni siquiera es capaz de comprender. No es de extrañar, por ende, que algunas de las obras que sentaron las bases de la ciencia ficción, como 2001: una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968) o Blade runner (Ridley Scott, 1982), fracasasen estrepitosamente en taquilla.
Ésta última, Blade Runner, no solo tuvo que competir con el fenómeno de masas que supuso E.T., el extraterrestre, estrenadas ambas el mismo mes (junio de 1982), sino que, debido a su naturaleza lúgubre, existencialista y, a mi modo de ver, algo pesada (quizás, aquel que la haya visto me dé la razón en este aspecto), provocaron que la crítica del momento la calificase como “pornografía visual sin alma”. Muchos dijeron que la película era confusa, por lo que el estudio obligó a Harrison Ford a grabar una voz en off explicativa para que el público no tuviera que pensar; además, también se eliminó el final ambiguo original y se agregó un desenlace feliz artificial empleando material descartable de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980). Ni con esas, la película consiguió atraer la atención del público, pero hoy no existe duda alguna de que tanto Blade runner como 2001: una odisea del espacio son dos títulos imprescindibles en la filmografía particular de cualquier cinéfilo.

Dos replicantes, Batty y Pris, en Blade Runner (1982) / Fuente: Filmaffinity
Al principio del artículo hablábamos de “ir más allá de la calidad artística intrínseca” de una película para considerarla de culto. No obstante, ¿cómo se determina esta “calidad intrínseca”? Lo cierto es que los criterios estéticos cambian constantemente, dado que están condicionados por la subjetividad del público y por el movimiento artístico, político o social imperante en un espacio y tiempo concretos.
Por ello, una obra audiovisual puede estar situada en la cúspide de las consideradas mejores películas de la historia en el momento presente pero, cuando pasen unas décadas, es posible que la forma de pensar cambie radicalmente esta percepción. Así, cuando hablamos de película de culto, normalmente nos referimos a aquellos filmes que rompen disruptivamente con la estética convencional de la época, ya sea porque tratan temas que hasta entonces no se habían tocado en la industria, porque juegan con una forma peculiar de construir el montaje y la estructura, o porque su contenido no encaja con los códigos culturales y sociales del momento (con lo que nosotros consideramos “el buen gusto”).
Por ejemplo, The Rocky Horror Picture Show (Jim Sharman, 1975), es el ejemplo perfecto de película de culto. Cuando se estrenó en 1975, recaudó únicamente 130.000 dólares frente a un presupuesto de 1,2 millones. Además, su condición de película de clase B provocó que la crítica no la tomase en cuenta, lo que ocasionó que, finalmente, fuera retirada de la mayoría de salas comerciales. No fue hasta el año siguiente cuando comenzó a proyectarse en funciones de medianoche, permitiendo que el público fiel (aunque escaso) la rescatara del olvido y la convirtiera, prácticamente, en un ritual social. Era tal el nivel de frikismo que los espectadores asistían disfrazados y, en el propio cine, cantaban, bailaban, gritaban las frases más famosas del guion e, incluso, lanzaban objetos a la pantalla.

El Dr. Frank-N-Furter, interpretado por Tim Curry, junto a Magenta, Riff Raff y Columbia. The Rocky Horror Picture Show / Fuente: El Confidencial
En este caso, Sharman apostó por combinar la liberación sexual de los personajes con un homenaje a las películas de serie B de los años 40, 50 y 60. El protagonista, el Dr. Frank-N-Furter (interpretado por el recientemente fallecido Tim Curry), es un científico bisexual y travesti que desafía por completo la moral de la época. Tal vez por eso, por mostrar una realidad incómoda a la que el público no estaba acostumbrado, es por lo que The Rocky Horror Picture Show se convirtió en un hito. Como dijo Susan Sarandon, otra de las protagonistas de la película, “Fue un proyecto extraño, arriesgado y único… y quizá por eso mismo sobrevivió”.
Sarandon no se equivoca: parece que, al contrario de lo que podríamos pensar, son las películas más extravagantes, más vanguardistas y más rompedoras (algunos dirían, directamente, las más raras) las que acaban triunfando. Tal vez no de forma inmediata, pero sí que son capaces, al menos, de permanecer en el imaginario colectivo y de provocar que el público hable de ellas. ¿Es esto debido, quizás, a que estas películas nos abstraen de nuestras vidas monótonas? ¿Es porque nos provoca placer no haber entendido nada de la historia? ¿O es una combinación de muchos más factores? Yo me decanto por la última pero, quién sabe: tendrá que ser el lector el que decida.

