En el ámbito cinematográfico, el género del horror ha estado históricamente relegado a la sombra del denominado por la crítica “cine de calidad”
El pasado jueves 22 de octubre tuve la oportunidad de ir al cine Embajadores a ver en la gran pantalla REC (Jaume Balagueró, Paco Plaza, 2007). Por una noche, la sala de cine se convirtió en mucho más que un lugar donde ver una película, fue una experiencia colectiva, un pequeño instante en el que las vidas de decenas de desconocidos se entrelazaron entre sí; riendo, gritando y aplaudiendo juntos.
Este suceso me recordó no solo lo especial que es el cine como un lugar físico que permite aislarse de los dilemas cotidianos, sino también la importancia que han tenido las historias de miedo en la sociedad; aun a pesar de que en muchas ocasiones la academia y la crítica más elitista han preferido mirar hacia otro lado, evitando reconocer su mérito y valor cultural.
Fueron los monstruos de Universal (Frankenstein, Drácula, la momia y el hombre lobo) los que salvaron a la compañía y, desde entonces, han dejado una huella duradera en la cultura popular. No obstante, no fue hasta El exorcista (William Friedkin, 1973) que este género empezó a ser ligeramente reconocido por la crítica, permitiéndole abandonar su habitual categoría de cine de serie B. Este proceso de aprobación se aceleró con la llegada de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), no tanto por su éxito inicial, sino por el prestigio que aportó un director de tal renombre.
En la actualidad, pese a que entre la lista de las películas más taquilleras de cada año hay una buena dosis de terror y que algunos de los directores más importantes de los últimos tiempos son especialistas del género, este tipo de cine sigue estando relegado cuando llega la temporada de premios. Aunque es habitual que se lleve alguna nominación en los Oscar, rara vez estas producciones acaban llevándose alguna estatuilla que no sea el Oscar a Mejor Maquillaje; hasta el punto de que la única película de terror que ha conseguido ganar el Oscar a Mejor película fue El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991).
Sin embargo, este mismo año se ha podido observar el impacto cultural y la movilización hacia las salas de cine que han provocado largometrajes como Obsession (Curry Barker, 2025) o Backrooms (Kane Parsons, 2026).
Históricamente, los colectivos más marginales de la sociedad se han sentido identificados con el terror, puesto que representa el tabú, lo prohibido, todo aquello que ellos no pueden hacer. Así, a través de esta tradición cinematográfica, se han plasmado los problemas de distintas etapas, simbolizando diferentes tipos de rechazo a lo periférico.
El horror nos permite orientar y extrapolar nuestros propios miedos hacia un universo ficticio. Por un lado, este factor inherente al género le ha permitido encarnar con precisión las preocupaciones de cada época. Por ejemplo, el éxito comercial de La sustancia (Coralie Fargeat, 2024)ha contribuido a popularizar el llamado body horror (terror corporal). Sin embargo, la conexión del auge de este subgénero con el mundo actual es mucho más profunda de lo que podría parecer a simple vista.
A día de hoy, cada vez más personas viven bajo el yugo de las inseguridades y, muchas de ellas, acaban recurriendo a las operaciones estéticas, no tanto por voluntad propia, sino por esa necesidad que sentimos de encajar en el canon establecido. Con esto dicho, el vínculo se crea solo, la hipérbole de las modificaciones corporales en la gran pantalla es una representación, mucho menos simbólica de lo que podríamos creer, de las tendencias sociales contemporáneas.

Por otra parte, gracias al protagonismo que el horror le da al visto como el otro, consigue generar un intercambio de quién es situado en la posición de fuente originaria, el sujeto habitual puede, por un pequeño periodo de tiempo, experimentar la extraña tranquilidad de convertirse en objeto del miedo. Es decir, el niño que sufre acoso escolar no situará el miedo en los monstruos que se supone que le deben amenazar escondidos en las esquinas, sino que encontrará en ellos viejos y entrañables amigos.
Otro caso que demuestra esta relación es La semilla del diablo (Roman Polanski, 1968), donde el terror se plantea desde una perspectiva tan cotidiana que se siente realmente vívido y auténtico; puesto que, desgraciadamente, en la vida real no es necesario que intervenga una secta satánica para que una mujer pierda el control y la capacidad de decisión sobre su propio cuerpo.
También cabe destacar la escena introductoria de ¿Quién puede matar a un niño? (Chicho Ibáñez Serrador, 1976), donde se muestran imágenes reales del sufrimiento por el que tienen que pasar los niños en contextos completamente ajenos a ellos, como sucede en las zonas de conflicto. Ibáñez Serrador, además de crear una de las grandes obras audiovisuales del cine español, construye a través del miedo una fuerte crítica social. El problema no empieza con un grupo de niños atacando violentamente a los adultos, sino que lo que nos deberíamos cuestionar es cómo se ha llegado a esa situación.
En definitiva, los gritos del cine de terror son tan solo reflejos de los gritos no escuchados de la sociedad y que, al igual que en la vida misma, la crítica también tiende a ignorar.

