Ana Buza: cuando la negligencia ensucia el recuerdo

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EL CASO, EN LO ESENCIAL

Ana Buza tenía 19 años, estudiaba Filosofía en Sevilla y acababa de inscribirse en segundo año de carrera. Venía de un curso con matrículas de honor y, según su padre, tenía muchas ganas de empezar. En la madrugada del 7 de septiembre de 2019, su cuerpo apareció tras el quitamiedos de la autovía A-4, a la altura de Carmona. A unos 60 metros estaba el coche de su pareja, Rafael, que solo presentaba unos rasguños. 

La versión que se dió por buena fue que Ana se había arrojado del coche en marcha. Su familia siempre ha sostenido que fue atropellada de forma intencionada. Entre ambas hipótesis estaba la de la fiscalía, que pidió tres años por homicidio imprudente sosteniendo que Ana cayó del vehículo “por razones no determinadas” mientras él conducía a 117 km/h en un tramo limitado a 80.

EL VEREDICTO

Este pasado martes 6 de octubre, la portavoz del jurado leyó el veredicto en la Audiencia de Sevilla: no culpable. Los nueves miembros del jurado deliberaron algo más de 24 horas, tras nueve sesiones de juicio. 

Por siete votos contra dos, el jurado no consideró probado que él la atropellara. Por unanimidad, no se consideró probado que la velocidad determinara la muerte. Se dio también por probado que la puerta trasera “se abrió” por circunstancias no aclaradas y que Ana salió despedida del coche, sin determinar si lo hizo voluntariamente. 

Lo cierto en esto es que la absolución es un hecho jurídico y hay que respetarlo. Pero respetar una sentencia no significa dejar de hacer preguntas, y este caso está lleno de ellas. ¿Cómo se llega a un veredicto casi unánime sobre algo que, según la propia fiscalía, “no podemos saber” exactamente cómo ocurrió? En la última sesión, la fiscal Isabel Novoa introdujo la absolución como alternativa a su propia acusación y le dedicó casi todo su informe. ¿Qué debe pensar la familia de Ana cuando quién tenía que sostener la acusación pública acaba apoyando la tesis de la defensa justo antes de que el jurado delibere?

Para entender cómo hemos llegado hasta aquí hay que volver atrás.

Fotografía de Ana Buza. Fuente: EL MUNDO

¿QUÉ PASÓ TRAS EL INCIDENTE?

Según el relato de la familia recogido en la prensa, la guardia civil, los forenses del IML y la jueza de Carmona dieron el suicidio por válido como respuesta en apenas 36 horas. Antonio Buza asegura que ni siquiera habían llegado el informe de tráfico ni la autopsia completa. ¿Quién cierra el caso así, sin testigos ni cámaras revisadas, con los informes sin terminar?

Cuando la familia pide reabrirlo en septiembre de 2019, según su testimonio, la jueza y el fiscal se negaron porque era normal que un padre no aceptara el suicidio de su hija. ¿Es un argumento jurídico o una forma de despachar a quién pregunta? La audiencia provisional ha acabado reabriéndolo por indicios claros de criminalidad. 

No obstante, la investigación de entonces tiene más preguntas que respuestas.

Por un lado están las distintas versiones, Antonio Buza cuenta que Rafael V. había dado cuatro versiones distintas en el mismo lugar de los hechos. En la primera, un animal se le cruzó. Después, que se despistó al mirar atrás por un ruido. Luego, que Ana se había suicidado tras discutir con su padre por las malas notas, cuando el curso ni había empezado y el anterior lo había sacado con matrículas de honor. Según Antonio, cuando un agente que conocía a Ana lo cuestionó, la discusión pasó a ser por problemas de dinero. Sin embargo, a la familia, al día siguiente, le habría dicho que la puerta se abrió sola, se cayó la mochila y Ana se cayó al intentar cogerla. El jurado tuvo en cuenta estos cambios, pero la fiscal los atribuyó al nerviosismo y al shock.

Por otro lado está el problema de las cámaras de seguridad dado que, en ese punto de la carretera había muchas que podrían haber mostrado si Ana se arrojó o no. Fue Antonio, no la Guardia Civil, quien fue a consultarlas. Las grabaciones se sobrescriben a los 13 días y cuando él las pidió habían pasado 17. Tampoco se identificó ni se tomó declaración a ninguna de las personas que llamaron al 112 aquella madrugada.

Respecto al tema de la psicóloga, en la mochila de Ana se encontró una agenda con una cita con una psicóloga. Antonio asegura que nadie la contactó y que se dedujo que Ana tenía problemas mentales, lo que reforzaba la versión del suicidio.

Asimismo, Antonio Buza dice que encontró el móvil de Ana 19 días después, a 72 metros del cadáver y sin funda. Según la familia, la Guardia Civil no supo explicar cómo llegó allí ni cómo habían podido pasarlo por alto. Más tarde, la madre del acusado declaró haberse encontrado el teléfono cuando se acercó a ver la escena del crimen y que ella simplemente se lo díó a uno de los policías que había por la zona. ¿Tiró aquel policía el móvil al suelo? ¿Lo tiró la madre del acusado? ¿Cómo es que se le permitió a la madre acceder libremente hasta allí?

LA EVIDENCIA CIENTÍFICA

La familia no se quedó esperando. Consultó con peritos criminalistas, forenses, ingenieros y catedráticos de aerodinámica. Según Antonio, ninguno conocía el trabajo de los demás, para no influirse, y aun así todos concluyeron lo mismo: hubo atropello.

Sus argumentos son estos. Ana medía aproximadamente 1,60 m y pesaba poco más de 50 kilos. El coche iba a 117 km/h, y con el viento de esa noche, unos 127 km/h. Los peritos defienden que la puerta sólo podría abrirse unos 45 grados durante unos 0,14 segundos, y que en ese tiempo Ana no habría podido salir sin que la puerta la atrapara al cerrarse. Sus lesiones, con fracturas en ambos fémures y en la tibia derecha, apuntan a un impacto contra la barrera. No hubo lesiones en manos, pies, pecho ni cara. ¿Cómo se sale despedida de un coche a esa velocidad y se llega al asfalto sin una sola marca en el cuerpo? 

La otra versión también merece ser contada. Los forenses del IML, con más de 22.000 autopsias, dicen que las lesiones son compatibles con que Ana se lanzara y chocara contra la barrera, y que no son compatibles con un atropello mortal. 

Lo que más inquieta es que al jurado no se le pidió que valorara las pruebas de los peritos de la acusación sobre por qué Ana no pudo abrir la puerta. Tampoco entraron en las cuestiones sobre las que debía deliberar la libreta, el diario y el móvil de Ana, que protagonizaron buena parte del juicio. Se fundamentó el veredicto en las pruebas de la investigación oficial. ¿Se puede juzgar con garantías un caso si se da por buena la parte de la investigación que más se ha cuestionado y la mitad de la evidencia científica queda fuera de la deliberación?

LA RELACIÓN, SEGÚN UNOS Y OTROS

Amigas y familiares describen a una Ana cada vez más aislada. Hablan de control, de celos y de prohibiciones. Cuentan que él iba a la facultad para comprobar que entraba en clase y que, si salía sola, él aparecía. Una compañera de estudios  incluso llegó a llamar al 016 por cómo se comportaba el acusado. En el juicio, varios testigos describieron a Rafael como celoso y controlador.

Aun así, la defensa y la Fiscalía vieron a una pareja con las discusiones propias de cualquier otra, sin denuncias previas ni antecedentes de violencia machista. La fiscal respondió que ser celoso no te convierte en delincuente. 

Y es cierto que ser celoso no es un delito. ¿Pero no era razón suficiente para investigar a fondo el contexto? ¿Y no merecía una explicación algo más elaborada?

LO QUE QUEDA

El veredicto es el que es, no hubo atropello y no hubo homicidio imprudente. La defensa se declara satisfecha y habla de que se ha hecho justicia. Pero ¿Qué justicia se hace cuando se cierra un caso sin haber podido contrastar lo que debía haberse contrastado el primer día? La respuesta no se encuentra en la sala de la Audiencia, sino en una carretera donde no se recogieron vestigios, en unas cámaras que se borraron, en unos testigos que nadie localizó.

No está del todo claro qué pasará a continuación pero, cualquiera que sea el siguiente paso, serán más meses, quizá años, para unos padres que ya han pasado siete peleando contra todo. 

Ana buza no puede contarnos qué pasó aquella madrugada. Lo único que podemos saber con certeza es lo que no se hizo cuando era el momento de hacerlo. Y eso, sea cual sea la verdad, es lo que debería indignarnos. Si a una chica de 19 años le basta una nohe para ser un caso cerrado, ¿Cuántas más habrá cuya verdad se quedó en una cuneta?