El humor absurdo como manual de autoayuda

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El poder del humor, no como una herramienta de desconexión, sino como un medio para conectar con una parte intrínseca de nosotros mismos.

Tras finalizar mi primer visionado de Aterriza como puedas (Airplane!, 1980), con 17 años, tuve un deseo muy claro: que mi vida fuese lo más parecida a una película del trío de cineastas americanos “ZAZ” (David Zucker, Jim Abrahams, Jerry Zucker). 

Estos tres maestros del humor absurdo, tanto en conjunto (Airplane!, Top Secret! o Ruthless People) como por separado (The Naked Gun -David-, Hot Shots -Abrahams- o Rat Race -Jerry-), tienen una capacidad pasmosa para brindarle a las idioteces la importancia que merecen. 

Nada en sus guiones parece importar más que realizar la mayor cantidad de gags absurdos por minuto. El objetivo no parece que sea observar la evolución de los personajes ni siquiera contar una historia, sino que esta sirva como excusa para desarrollar un innegable talento cómico.

Gran parte del éxito de algunas de estas producciones se lo debemos a la forma de presentar dichos golpes humorísticos del siempre genial Leslie Nielsen.

El actor y comediante Leslie Nielsen (centro), en una mítica escena de Aterriza como puedas (Airplane!, 1980).
Fuente: La Razón

Mientras que otro fantástico actor como Jim Carrey se especializa en una forma más gestual y explícita de adornar sus chistes -el espectador siempre está preparado para que el golpe cómico llegue en un momento concreto-, Nielsen, por el contrario, opta por acompañar a la frase hilarante con el semblante más serio que jamás se haya visto en este género. Por ello, ante la incertidumbre de no saber cuándo uno debe reírse, se genera un clima en el que la risa es bienvenida durante absolutamente toda la película.  

En todo caso, pecaría de consumidor americanizado si halagase solo productos estadounidenses, pues en España tenemos una extensa nómina de brillantes ejemplos en los que se desarrolla este método humorístico. La obra cumbre -no solo en nuestro país sino a nivel mundial – es, sin duda alguna, Amanece, que no es poco, del maestro José Luis Cuerda. 

Del éxito de este tipo de humor -también en nuestra televisión, con figuras como Raúl Cimas, Pepe Colubi o Pepín Tre- surge la gran pregunta: ¿por qué esto triunfa? 

¿Cómo puedo explicar que una película de personajes que hablan con calabazas o de profesores que dan lecciones de las ingles estadounidenses me transmita una mayor identificación que muchas otras obras que pretenden difundir un mensaje más profundo y explícito? ¿Acaso soy yo una calabaza? 

Uno de los principales motivos por los que amamos a ciertos personajes en las películas es porque nos sentimos identificados con ellos, con las decisiones que toman y, sobre todo, con lo que sufren. Parece, por fin, que hay alguien que nos entiende. Benjamin Braddock, el personaje que encarna Dustin Hoffman en El graduado (The Graduate, 1967), es uno de los que mejor representa esta universal sensación de no entender absolutamente nada de lo que ocurre a nuestro alrededor.

Nadie entiende la vida, por mucho libro de autoayuda que pretenda vender lo contrario. Nosotros, los estudiantes, en nuestro tránsito hacia la aterradora e incierta adultez, como el personaje de Hoffman, sentimos que nuestra vida siempre va más rápido que nosotros.  Por ello, acaba resultando más coherente sentirse identificado por aquello que representa la existencia como algo absurdo, inabarcable y, lógicamente, ilógico. 

Dustin Hoffman como un adolescente perdido en su nueva vida adulta, en El graduado (The graduate, 1967). Fuente: Pinterest

No pretendo proponer que la única forma válida de conectar con la vida sea a través de su radical absurdez, pues la vida es cualquier cosa menos algo en concreto.  El mismo José Luis Cuerda, con otras obras como La lengua de las mariposas, es el claro ejemplo de que también el drama cumple una función de autodescubrimiento emocional y desarrollo de la empatía. Drama y comedia, como bien delimita el teatro, son dos caras de la misma moneda. Shakespeare y Jerry Zucker no son tan diferentes.

El humor, y esa es la cuestión, no merece ser encasillado en la etiqueta de transmisor de emociones positivas o de método útil para la desconexión. En cambio, yo confío en el humor como una preciosa manera de conectar con una parte intrínseca que existe, en mayor o menor medida, en cada uno de nosotros. 

La risa, además de poder cumplir una brillante función como banalizadora de problemas, es capaz de generar una zona de confort en la que, como dijo Nanni Moretti en El sol del futuro (Il sol dell’avvenire, 2023), “ser feliz no sea de cursis”. 

En conclusión, si la vida va a ser un chiste que no entendemos, lo mejor será reírse del chiste y no esforzarse demasiado por comprenderlo. Ya que nos va a tocar bailar con una gelatina con bigote, qué menos que ir maquillados a la cita.