Tras el éxito en taquilla de la temporada pasada, Personas, lugares y cosas vuelve a los escenarios desde el 19 de septiembre hasta el 18 de octubre
Silencio y luces apagadas, el telón ha abierto. Un vestido blanco de época es sustituido casi inmediatamente por unos pantalones rojos de Adidas y una chaqueta negra. Se presenta así el personaje de Irene Escolar en la obra Personas, lugares y cosas representada en el Teatro Español. Pasa de interpretar a Nina en La Gaviota a mostrarse a sí misma: una actriz adicta que va a un centro de desintoxicación, aunque sin desvelar su verdadera historia, pues cada vez que le piden que la cuente, ella narra las tramas de algunas de las obras en las que ha actuado. Tampoco sabemos su nombre hasta el final. Se presenta como Nina, luego como Emma y finalmente como Sara.
Antes de llegar a la clínica somos —el público— observadores de la relación con su madre. Está claramente bajo la influencia de determinadas sustancias nocivas mientras la llama por teléfono e insulta para posteriormente pedirle un favor: recoger de su piso todas las drogas y deshacerse de ellas. La madre lo hace, aunque en la discusión final entre ellas descubriremos que no las ha tirado, sino guardado debajo de la cama de la protagonista.
La primera vez que llega al centro es reacia a participar en su propio proceso de recuperación, por lo que sabemos que no funcionará. Son varias las personas que le piden que se inmiscuya más en la terapia de grupo, tanto por ella como por el resto de miembros que lo conforman. Pero ella se niega y muestra un constante desprecio ante sus dinámicas. Y obviamente no funciona.

Entre acto y acto hay un descanso en la obra, puesto que dura algo más de dos horas. Irene Escolar insta al público a tomarse algo en el bar del teatro o de las plazas “para continuar la fiesta” antes de salir del escenario. Mientras tanto aparece por la derecha un DJ que amortiza el tiempo de espera junto a una cuenta atrás de veinte minutos que indica cuánto queda para retomar la obra. La sala se vacía poco a poco. El público se congrega en las puertas del teatro y en las largas filas de los baños hasta que la campana suena y todo el mundo regresa a sus asientos.
Da comienzo el segundo acto. El personaje de Escolar vuelve a rehabilitación. Descubre que hay ciertas cosas que han cambiado, personas que se han ido, puestos que han ocupado otros, pero también se encuentra con viejas caras conocidas. Su actitud es distinta y se nota. Pide hacer una de esas dinámicas que la vez anterior había desdeñado: practicar una futura conversación. En su caso, con sus padres. Actúan como tales la terapeuta del grupo y el mayor de los miembros de este. Es un momento emotivo, donde la protagonista se disculpa por toda la angustia que les ha producido. Adelanta las reacciones de sus padres. Él soltará un “bueno” sin expresar nada más y ella es un misterio. Desconoce qué responderá.
Durante todo este tiempo nos da la sensación de que el personaje ha cambiado. Se ha convertido en una mejor versión de sí misma, sobria y consciente de sus errores, dispuesta a pedir perdón. Regresa a casa de sus padres y comienza así la conversación en la que tanto ha pensado. El padre, efectivamente, responde con un “bueno”, pero pronto explota con todo lo que se ha tenido que callar. Sale de escena y quedan madre e hija en la habitación. La hija le pide que diga algo, que no se quede callada. Y la madre, cruel, aunque tal vez sincera, le pregunta qué personaje está interpretando esta vez. No se cree la sobriedad ni la pena que muestra. No le pega, dice. Es entonces cuando la deja sola, no sin antes señalar que las botellas de alcohol y las drogas que años atrás le había pedido que tirara estaban debajo de la cama.
La protagonista comienza a moverse frenéticamente y llama para preguntar por una reunión de Alcohólicos Anónimos. Parece que asiste, aunque eso ya no lo vemos. La siguiente escena es ella interpretando un monólogo para una audición que no parece que le haya salido bien. Surge la siguiente actriz, lista para hacer el mismo monólogo y nos dejan con la primera pregunta —“¿por qué?”— resonando en un silencio que se apaga demasiado pronto por los aplausos del público. Las luces se encienden y el telón cae.
Es una obra tensa y dramática, aunque con ciertos toques de humor que aparecen justo en los momentos precisos. Trata de la adicción, de sus causas y consecuencias y del proceso rehabilitador, pero también de la identidad y el perdón. Es tremendamente significativo que no lleguemos a saber con certeza su verdadero nombre. Utilizando nombres e historias que no le pertenecen con tal de ocultarse a sí misma. ¿Cómo puede sanar alguien si no para de esconderse? Mostrarse y ser vulnerable forma parte de la terapia y negarse a ello no es más que una pérdida de tiempo.
Por otra parte, la obra también nos plantea la eterna pregunta de si el perdón es suficiente cuando el daño ya se ha efectuado durante tanto tiempo. Incluso cuando se trata de relaciones tan cercanas, que suelen actuar como una red de seguridad pase lo que pase. Finalmente, la obra nos presenta una nueva versión del personaje de Escolar, el cual ya no sabemos si simplemente es un trabajo más como actriz o se trata de otra cara más tras la que ocultarse.

