¿Hemos perdido las opiniones «tibias»?

Cartel promocional de Megalopolis (2024), escrita, producida y dirigida por Francis Ford Coppola. Uno de los mayores ejemplos de polarización cinematográfica. Fuente: Discovery Yorkshire Coast

Las redes sociales han amplificado la polarización en prácticamente todos los aspectos de nuestro entorno: desde la ideología política hasta los productos culturales, como la literatura o el cine. Cualquier análisis que se mueva en los matices suele quedar opacado por opiniones que, o bien sostienen que una obra es «una obra maestra», o bien que «es una basura». Las propias dinámicas de las redes sociales te empujan a adoptar posiciones más rígidas, en parte por la limitación de caracteres. Incluso cuando no es tu intención, los lectores pueden quedarse únicamente con una conclusión simplificada de lo que has dicho.


Una investigación de la Michigan State University del 2020 llegó a la conclusión que el contenido que provoca una respuesta emocional intensa —positiva o negativa— tiene muchas más probabilidades de viralizarse. Una reflexión matizada no genera conflicto, no invita a la pelea. Por lo tanto, no se comparte. No porque sea menos válida intelectualmente, sino porque es menos rentable económicamente. Otro estudio del PNAS Nexus de 2025 lo respalda: el engagement exige un contenido hostil y los propios usuarios reconocen que les hace sentir peor.

Víctimas del review-bombing

Uno de los ejemplos más significativos es Megalópolis (2024), la última película de Francis Ford Coppola. A las pocas horas de estrenarse en el Festival de Cannes, ya acumulaba decenas de valoraciones: algunas entusiastas y otras demoledoras. World of Reel publicó un artículo en el que afirmaba que el número de reseñas positivas y negativas era prácticamente el mismo. Como era de esperar, esta división también influyó en las opiniones posteriores a su estreno en salas. La polarización en torno al filme de Coppola no hizo más que perpetuarse.

No obstante, el caso más reciente que ejemplifica este fenómeno es Cumbres Borrascosas (2026). La expectación alrededor de la adaptación de Emerald Fennell era máxima, tanto para bien como para mal. Desde su anuncio, la cinta contaba con detractores que la rechazaban sin haberla visto, pero también con defensores de la libertad creativa que la respaldaban en las mismas condiciones. De hecho, pocas horas después de levantarse el embargo de críticas, la curva de valoraciones en Letterboxd dibujaba un auténtico valle: por un lado, media estrella; por otro, cinco estrellas. Toda la polémica alimentada en redes sociales terminó generando un fenómeno extremo de review bombing.

A IMDb no le quedó más remedio que intervenir antes y durante el estreno en Estados Unidos de Mother Mary (2026). La representación psicosexual y feminista del icono de la Virgen María, encarnado por Anne Hathaway, provocó una fuerte reacción entre diversos grupos católicos. Algunas reseñas de una estrella incluso reconocían abiertamente no haber visto la película. Como consecuencia, la media de puntuaciones descendió por debajo del cuatro. La plataforma optó entonces por excluir temporalmente parte de las valoraciones negativas y recalcular la nota media.

El fénomeno Letterboxd

Durante más de una década, Letterboxd fue una plataforma de nicho. Sin embargo, la pandemia y el confinamiento impulsaron un crecimiento exponencial: pasó de 1,8 millones de usuarios a 26 millones en 2026. Actualmente, cuenta con más de 100 millones de reseñas.

Su premisa era prometedora: devolver la crítica al espectador, democratizar la opinión cinematográfica y construir una comunidad de cinéfilos al margen de los circuitos académicos. De hecho, las propias distribuidoras independientes la describen como una herramienta fundamental para dar visibilidad al cine de autor a escala global.

Pero no todo ha sido un camino de rosas. En varias ocasiones ha ocurrido que una película proyectada por primera vez en un festival como Cannes acumulase, apenas unas horas después, miles de calificaciones en Letterboxd. Algo imposible si se tiene en cuenta que el número de espectadores que la habían visto hasta ese momento no alcanzaba esa cifra. Esta distorsión de las valoraciones —ya sea a favor o en contra, sin haber visto la película— ha provocado que la plataforma se parezca cada vez más a un foro de guerra de trincheras que a un espacio dedicado a la crítica cinematográfica.

Cinefilia como identidad tribal

Hay un tercer factor que los datos no pueden captar, pero que está ahí: el sentimiento de pertenencia a una tribu. En otras palabras, el juicio estético ha ido perdiendo peso frente a la necesidad de encajar en un grupo. En los últimos años, la cinefilia ha dejado de ser un simple hobby para convertirse en una identidad. Aunque pueda sonar exagerado, el estereotipo del cinéfilo actual suele asociarse con alguien que tiene una cuenta en Filmin, adora las películas de A24 y publica reseñas en Letterboxd.

Ya casi no hay espacio para compartir opiniones; lo que prima es la competitividad y el consumo llevado al extremo. Los usuarios muestran con orgullo sus estadísticas, llegando incluso a acumular más de 300 películas al año, como si esa cifra los validara como auténticos cinéfilos. En este contexto, el objetivo ya no es profundizar en el análisis de cada película. Los visionados se convierten en un número que debe crecer constantemente. Importa cuánto consumimos, no tanto tener una opinión propia y bien construida.

Lo que perdemos

La mayoría de las películas que vemos a lo largo de nuestra vida no son ni obras maestras ni desastres absolutos. Son películas que nos entretienen una tarde, que después comentamos con amigos y que terminamos olvidando cuando otra ocupa nuestro pensamiento. Esa experiencia tan común y honesta se ha ido perdiendo.

Cuando la cultura del chiste rápido se combina con el declive de la confianza en la crítica profesional y con la falta generalizada de pensamiento crítico en internet, el resultado es que cada vez menos personas se relacionan con el cine de una manera verdaderamente reflexiva.

Y la pérdida no es solo estética. La capacidad de sostener una opinión matizada sobre una película —de decir “me gustó por esto, pero no por esto otro”— es la misma capacidad cognitiva que nos permite comprender un conflicto político en toda su complejidad, evitar reducir los debates morales a simples bandos y resistir el pensamiento binario que las plataformas fomentan en tantos ámbitos. La polarización cultural y la polarización política son, en el fondo, manifestaciones de un mismo fenómeno. Nacen de la misma arquitectura.