
Experto en Irán nos aclara cómo los medios y el gobierno estadounidenses convirtieron a toda una nación en el enemigo global.
El pasado 15 de octubre, Donald Trump reconoció en un discurso que ‘probablemente había ido demasiado lejos con Irán’ y pidió disculpas porque ahora ‘ya no sabía con quién demonios estaba negociando’, refiriéndose a que tras arrasar con el gobierno iraní, ya nadie quería ser presidente de Irán.
Estas declaraciones inmediatamente me recordaron a una entrevista que realicé con Peter Bartu, experto en Oriente Medio y profesor en UC Berkeley, en marzo de este año. La carrera de Bartu es impresionante, habiendo trabajado con la ONU durante años y habiendo participado en el proceso de mediación en Libia en el 2011. Por ello, cuando estalló la guerra entre EE. UU. e Irán, sabía que debía hablar con él sobre el conflicto.
Antes de llegar al despacho de Bartu, pensaba que me hablaría sobre lo malvado que es el régimen iraní y lo positivo que es el ataque estadounidense. Sin embargo, salí de allí entendiendo que Irán es un país mucho más complejo de lo que los medios muestran y que EE. UU. tiene mucha más responsabilidad en este conflicto histórico de lo que parece.
El experto Peter Bartu describe la guerra entre EE. UU. e Irán como una ‘profecía autocumplida‘ (‘self-fulfilling prophecy’), llevada a cabo por los medios de comunicación y el discurso político.

La profecía autocumplida
Para Bartu, el concepto de la profecía autocumplida está estrechamente ligado a la campaña masiva de odio hacia Irán que se ha desarrollado, de manera deliberada, en EE. UU. desde 1970, y que continúa hoy en día.
Tras la crisis de los rehenes en Teherán en 1971, el experto afirma que EE. UU. se ha esforzado en crear una imagen de Irán como un país peligroso e incluso ‘una amenaza contra la paz mundial’.
El problema es que tras décadas de antagonizar a Irán, la vía diplomática ha sido prácticamente aniquilada. De este modo, llegamos a la situación actual: EE. UU. ha ido demasiado lejos en su construcción de ‘el malvado Irán’ como para permitirse negociar con él y, por el mismo motivo, Irán no es capaz de confiar en la diplomacia estadounidense.
De este modo, la profecía de que ‘Irán es un país peligroso y no podemos negociar con él’ ha acabado por cumplirse precisamente por haberla repetido durante décadas.
El papel del discurso político: cómo los presidentes de EE. UU. hablan sobre Irán.
Durante décadas, los políticos estadounidenses han calificado a Irán de forma repetida como un ‘estado terrorista’, ‘la mayor amenaza mundial’, ‘irracional’ y ‘violento’. Y no, no estoy hablando de cabeza, sino que estos son términos reales empleados por los senadores estadounidenses para referirse a Irán. Podéis revisar el análisis completo del lenguaje de los senadores en este estudio.
Recordemos también el infame discurso de Bush en 2002, en el que el presidente norteamericano incluía a Irán dentro del ‘eje de la maldad’. Lo que los medios no cuentan es que poco antes del discurso, Irán había condenado públicamente el ataque a las Torres Gemelas y había expresado su deseo de colaboración con EE.UU.

Y qué decir sobre Donald Trump, que entre sus insultos a los iraníes, quiero destacar ‘animales’, ‘un grupo vicioso de gente muy terrible’ y ‘muy malvados’.
Para el experto es claro que desde 1970 las diferentes administraciones presidenciales de EE. UU. han mantenido un discurso uniforme sobre Irán, al que suelen calificar sin reparos como un país malvado.
El papel de los medios de comunicación: hablar mal de Irán vende, y mucho.
Peter Bartu afirma que los medios de comunicación estadounidenses cumplen con ‘límites implícitos’ (unspoken boundaries) a la hora de hablar sobre Irán. Él mismo afirma no aceptar entrevistas sobre Irán porque, en sus palabras, los medios ‘solo quieren que les hable sobre el Irán malvado, y cuando les cuentas lo complejo del asunto, redirigen la conversación para que encaje con su narrativa’.
El experto afirma que esta tendencia mediática empezó con el famoso programa de los años 70 ‘The Iran Crisis: America Held Hostage’ del noticiero ABC. El programa reportaba cada noche las últimas noticias sobre la crisis de los rehenes en Teherán y su audiencia era tal que llevó a ABC News a consolidarse como uno de los principales noticieros del país. Pero más allá de vender noticias, ABC vendía una historia con la que los estadounidenses pudieran emocionarse: Irán es un país enemigo lleno de fanáticos religiosos.

Para sorpresa de nadie, la prensa estadounidense omite la enorme complejidad de la sociedad iraní, sus luchas contra la corrupción, su cultura, altos niveles de educación (Irán es el país más educado de Oriente Medio) y sus motivos para recelar de EE. UU., que se remontan a mucho antes de la crisis de los rehenes.
En definitiva, durante más de cincuenta años los medios de comunicación estadounidenses han mantenido una narrativa uniforme sobre Irán, representándolo de forma plana, sobresimplificada y muchas veces errónea. Aquí puedes visitar un excelente análisis sobre cómo Irán ha sido antagonizado a través de los medios de comunicación.
¿Entonces debemos preocuparnos de Irán?
En el ámbito de las relaciones internacionales rara vez nos encontramos con supuestos absolutos. Ciertamente, Irán es un país autocrático con un gobierno represivo, en el que las mujeres cuentan cada vez con menos derechos. Actualmente las mujeres deben cubrirse con velo en espacios públicos o pueden enfrentarse a penas de cárcel. Por otro lado, el constante control policial y la imposición del Islam en la vida pública condicionan la autonomía de los ciudadanos hasta límites que rozan lo distópico.

No obstante, Irán está lejos de ser la ‘amenaza contra la paz mundial’ que Trump predica que es. Al hablar sobre este punto, el profesor Bartu se reía indicando que Irán no tiene ni el poder militar, ni la capacidad de planificación como para constituir una amenaza mundial. Tampoco, cabe aclarar, están ni medianamente cerca de construir un arma nuclear, como Israel lleva afirmando vehemente durante más de treinta años.
También debemos recordar que Irán ya demostró su buena fe aceptando el Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC), más conocido como el Acuerdo Nuclear, en 2015. Según reportes oficiales, Irán estaba cumpliendo con los términos del acuerdo y había limitado exitosamente su enriquecimiento de uranio. Todo iba bien hasta que Trump decidió abandonar el acuerdo en 2018, demostrándole a Irán, una vez más, que no se puede confiar en la diplomacia estadounidense.
En definitiva, si bien es innegable la represión del gobierno iraní contra sus propios ciudadanos, Peter Bartu afirma rotundamente que Irán no supone ninguna amenaza contra la paz mundial, ni tampoco es un país irracional con el que no se puede negociar.
Por último, me gustaría invitar a los lectores a cuestionarse hasta qué punto sus ideas previas sobre Irán han estado condicionadas por los medios de comunicación estadounidenses, pese a ser ciudadanos europeos. También quisiera que en futuros debates sobre Irán se asigne parte de la responsabilidad al gobierno de EE. UU. por su papel en disminuir la confianza entre ambas naciones, mediante el abandono de tratados clave y la antagonización de Irán en prensa, mantenida durante décadas.
