Woody Allen grabará su próxima película en la capital, así que la polémica está servida.
Woody Allen volverá a España a rodar su próxima película. Hace 10 años, esta noticia habría alegrado a más de un amante del cine de nuestro país, cuando el cineasta neoyorquino aún mantenía su prestigio internacional y un flujo de trabajo consistente. Ahora, con Allen caído en el ostracismo tras el resurgir de las acusaciones de abuso hacia su hija y expulsado de un Hollywood que ya no quiere financiarle, todo aquello que él hace viene acompañado de polémica. Y la producción de esta cinta no ha sido la excepción.
El escándalo, desestimado en los noventa, resurgió mientras el cineasta rodaba su última cinta hecha en Hollywood (Día de lluvia en Nueva York), coincidiendo con la sacudida del #MeToo que marcó un antes y un después en la industria. Amazon se salió del proyecto y el reparto le dio la espalda donando sus salarios a diversas asociaciones contra el abuso sexual.
Desde entonces, sus pocas películas y obras escritas han pasado sin pena ni gloria, pese a que su imagen no está tan deteriorada en Europa. Allen siempre ha mantenido su inocencia (algo que desarrolló en profundidad en su autobiografía A propósito de nada), pero a casi nadie en Estados Unidos parece importarle eso.
No ha sido impedimento, sin embargo, para que su nuevo proyecto reciba luz verde para su grabación en Madrid. Según su productora, Wanda Visión, esta pieza subvencionada por las instituciones públicas madrileñas seguirá a una mujer rehaciendo su vida en la capital mientras huye de su pasado de espionaje, elemento que distingue a la película del resto de la filmografía de Allen.
El secretismo rodea a todo el proyecto, que ya habrá comenzado a rodarse cuando este artículo se haya publicado, pero razones no le faltan al neoyorquino para venir de nuevo a España. Aquí ha rodado dos películas y colaborado con españoles tanto delante como detrás de la cámara. También fue galardonado con el premio Príncipe de las Artes o la famosa estatua en su querida Oviedo que, según dijo en su autobiografía, no le sorprendería que una turba tire abajo algún día.

Lejos quedaron ya los días donde le arrebató la gloria a George Lucas en los Oscars cuando Annie Hall derrotó a Star Wars en 1978, sacaba lo mejor de estrellas como Diane Keaton o convertía a su Nueva York en un paraíso fílmico (a su manera, claro) mientras nos hacía reír y reflexionar al mismo tiempo; hay algo triste en ver caer a alguien que ha tocado la grandeza de esa forma, por más merecido que esté, pero a diferencia de aquellos que aún lo tienen en un pedestal, este nuevo proyecto no me llama la atención en absoluto.
Podría argumentarse lo cuestionable de que el gobierno regional madrileño apueste por la visión de Allen frente a la de otros cineastas, pero el problema reside lejos del politiqueo del tres al cuarto. Para mí, lo que ocurre es que no se está sabiendo separar al arte del artista. Precisamente porque el neoyorquino no ha sido declarado como culpable, muchos le defienden sea de manera argumentada o irracional por parte de sus fans acérrimos, pero también figuras inesperadas desde dentro de la propia industria.
¿Y por qué? La realidad es que Allen nunca fue alguien conflictivo como Harvey Weinstein, del que todo Hollywood se alegró de su caída porque trabajar con él era un auténtico infierno. Por eso le defienden, porque tienen buen recuerdo trabajando con él. Colegas y colaboradores de la industria de la talla de Sean Penn, Scarlett Johansson o Javier Bardem le han defendido en entrevistas sueltas, pero casualmente siempre desde una postura, por así decirlo, ambigua. No quieren arriesgarse a dar la cara a alguien tan polémico, no vaya a ser que les metan en la temida lista negra de Hollywood. Hablar de esa lista sería meterse en un mundo muy alejado de la premisa de esta columna, tanto por su extensión histórica desde los inicios del medio como por la lista de motivos por los que algunos se encuentran ahí dentro.
Hollywood no me parece el mejor modelo a seguir, pero tampoco pretendo defender a Allen, porque ante este tipo de casos siempre es mejor hablar con precaución y contrastar la evidencia de ambas partes. Solo pienso que deberían de haber reabierto el caso formalmente si tan seguro estaban de su culpabilidad, en vez de dejar que siga trabajando.
Y si una parte del público e industria le sigue respaldando, entonces Woody Allen no está cancelado como tal. Al final, la película se terminará y estrenará, habrá polémica y la vida seguirá, pero estará tan manchada que no tendré ningún interés en verla.

