Es el tercer aniversario del inicio de la Guerra en Gaza, el primer aniversario desde el supuesto alto al fuego que iba a traer de nuevo la paz a la región. Hoy, tres años después, se demuestra como el abandono del multilateralismo ha fallado a Oriente Próximo y a la sociedad internacional en su conjunto.
En 1945 dio comienzo un nuevo mundo, un mundo regido por organizaciones internacionales basadas en principios como la igualdad, la justicia, la paz y la seguridad internacional. En 1945 se creó la ONU (Organización de las Naciones Unidas) y con ella nació el multilateralismo, pero hoy el mundo es muy distinto a como era en 1945, los mecanismos que antes funcionaban ahora ya no lo hacen.
En 1945 la ONU consagra en su carta el derecho a la libre autodeterminación de los pueblos, en 1974, con la resolución 3236 de su Asamblea General, reafirma el derecho del pueblo palestino a formar su propio Estado independiente. Sin embargo, en 1948 Israel declara su independencia e invade más del 77% de lo que era territorio palestino, en 1982 Israel invade Líbano con el objetivo de eliminar a la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), en octubre de 2023 se inicia la Guerra en Gaza, en marzo de 2024 la relatora especial de la ONU sobre los territorios palestinos ocupados, Francesca Albanese, publica “Anatomía de un Genocidio”, un informe en el que constata que Israel está cometiendo actos de genocidio en la Franja de Gaza.
La lucha entre el derecho internacional y la ley del más fuerte ha sido y es un reto constante al que se enfrenta la comunidad internacional en su conjunto. La diferencia clave es que hoy esa lucha parece más perdida que nunca.
El delicado equilibrio en el que reposa la relativa paz y estabilidad internacional que hemos disfrutado durante varias décadas se basaba en la premisa de que romper el marco del derecho internacional y los compromisos que en él se habían ratificado suponía la suficiente desventaja o castigo como para evitar comportamientos disruptivos o que alteraran gravemente el orden internacional. Sin embargo, a lo largo de la última década hemos visto distintas situaciones en las que se han cometido graves violaciones de derechos humanos y del derecho internacional: los actos de genocidio cometidos por Israel en Gaza, la desaparición y traslado forzoso de niños ucranianos por parte de Rusia, los bombardeos aéreos indiscriminados en la Guerra de Sudán, la guerra civil en Myanmar…
Gaza es sólo uno de los ejemplos más visibles de la parálisis institucional y de cómo el multilateralismo y las organizaciones internacionales han fallado a la hora de proteger la paz y la seguridad de la sociedad internacional, se han quedado ancladas a un pasado, a una forma de operar que ya no funciona.
El Consejo de Seguridad, el máximo órgano garante de la paz internacional, no sigue la regla de las mayorías, sigue estancado en un mecanismo que permite que cualquiera de los cinco miembros permanentes del Consejo (Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido) puedan vetar por completo cualquier resolución independientemente de que el resto de miembros no permanentes (diez) apoyen la moción. Esto supone una incapacidad de actuación evidente, especialmente en el caso del conflicto palestino-israelí.
En septiembre de 2025, el Consejo de Seguridad, máximo órgano decisorio de la ONU cuyas resoluciones son de obligado cumplimiento para todos los países del mundo, votaba la aprobación de una resolución sobre el conflicto. Si se aprobaba se impondría un alto al fuego inmediato así como la liberación de los rehenes y la entrada de ayuda humanitaria en la Franja sin restricciones. Votos totales a favor: 14; votos totales en contra: 1, el de Estados Unidos. La resolución no se aprobó.

La resolución habla por sí misma. En este momento se reafirmó una vez más la ya conocida por todos alianza estratégica entre Estados Unidos e Israel. Sin embargo, el problema va más allá de Estados Unidos, pasa también por Rusia vetando cualquier resolución relacionada con Ucrania y por China impidiendo resoluciones que impliquen sanciones contra Irán. Es un problema de raíz que lleva afectando al funcionamiento del Consejo de Seguridad desde su nacimiento. En el momento en que los Estados priman sus alianzas e intereses estratégicos por encima de los valores que han prometido defender, el sistema de Naciones Unidos y su legitimidad caen por su propio peso.
La solución a este problema no pasa por abandonar el multilateralismo, sino por democratizarlo. El riesgo de no hacerlo es mantener esta parálisis que sacude a la comunidad internacional y por tanto el peligro de permitir que se siga imponiendo la ley del más fuerte. Esto supone un daño directo a la población y también el quiebre de un sistema de valores compartidos (paz, justicia, empatía, igualdad). La constante erosión de las normas internacionales siembra un precedente peligroso: un mundo sin reglas que ya no protege a los más vulnerables y donde, tarde o temprano, tal y como la historia ha demostrado, hasta los grandes imperios acaban cayendo.

